En alguna oportunidad conté – y sino, lo sigo dejando pendiente – que mi amor por los trenes, no nace por casualidad. Ese amor que pareciera sin sentido, se lo debo a mi abuelo, que trabajó en el ferrocarril durante muchos años.
De hecho, tengo recuerdos de mi infancia, en la casa de mis abuelos en una esquina de Derqui, saliendo a la calle al encuentro del tren.
¡Qué momento!
Cierro los ojos y lo puedo sentir.
El suelo tiembla.
El aire se respira diferente.
Una bocina se escucha a lo lejos.
Con un sonido repetitivo, suenan las alarmas de las barreras.
Y justo cuando el corazón late más fuerte, pasa el tren con toda su presencia, vida y estridente bocina,
para que nadie quede sin aviso de su presencia por las vías.
Uf, qué hermoso. Qué maravilla poder tener recuerdos y volver a ellos.
Pero no quiero irme mucho de esta historia en particular:
– el día en que conocí un coche comedor -.


En el 2022, en una ventana abierta durante la pandemia que parecía no querer irse, viajamos a Bariloche.
Pero mi plan no era solamente disfrutar de la indiscutible belleza del sur, sino que ansiaba con mucho anhelo,
viajar en el tren que unía la costa oeste con la costa este de la provincia de Neuquén.
De San Carlos de Bariloche a Viedma. O viceversa.
El tren patagónico.
Un viaje de unos 827km, durante aproximadamente unas 18hs.
Wow, mucho tiempo.
¿Pero qué es el tiempo si no se vive con intención
de saborear como un buen plato de comida?
Ay, cómo explicar esa emoción.
Ya la estación tenía un aire de cuento, un sueño que podía palpar en cada columna, en cada baldosa, en cada asiento.
Y subimos. Bueno, mi sensibilidad visceral no me deja ser muy objetiva en el relato, pero tampoco quiero serlo.
Quiero ser lo más subjetiva posible. Sí.
Los asientos eran extremadamente cómodos (al menos durante las primeras horas de viaje, claro).
Eran amplios. Apto altos.
De la mano con mi niña interior – a la que nunca le cerré la puerta del todo – miramos por la ventana. Todo era hermoso.
Cuando el tren sale de Bariloche, la transición del paisaje es alucinante. La postal denota la estepa patagónica en todo su esplendor, regalando cada tanto, un pueblo sumergido en esta particular inmensidad.
Y llegó la noche. Habíamos pedido la cena, por supuesto.
¿Acaso me iba a perder la oportunidad de ir al coche comedor?
Era mi parque de diversiones, con la montaña rusa de emociones en lugar de la que da vértigo.
Entre nuestro vagón y el coche comedor, había uno intermedio donde estaba la cocina.
Podías atravesarlo por un pasillo sacado de una novela de Agatha Chrsitie.

Y entramos. Uf, piel de gallina.
Un coche lleno de mesas y sillas, cuidadosamente ubicadas, con su mantel y servilletas, esperando con mucha calidez a sus comensales. Nos sentamos. No sabía cómo iba a comer porque tenía un nudo atravesado en la garganta.
Hasta que el tren paró, miré por la ventana y ya no hubo manera de contener la emoción. Paramos durante unos 25 minutos aproximadamente. Nosotros cenábamos – mejor dicho, tuve que dejar de comer -.
La postal de la ventana era: familias acercándose con extrema ilusión a saludar al tren. Niños moviendo las manos como si frente a ellos estuviera Papá Noel. Una imagen que solo está en mi mente, no hubo foto, no hubo cámara. Esta vez, decidí registrar con mi corazón.
Escribo ahora y me emociono. Pero es que, cómo no entregarse a la magia del tren.
Con sus sonidos tan reconocibles, unió y fundó pueblos. Fue y es sostén de trabajo, dignidad y esfuerzo de todo un país.
Y esas familias, representaban todo lo que el tren significa para un pueblo. Personas yendo a recibir al tren, con alegría y emoción, a ese tren que pasa solo una vez por semana. Ese tren, que como viene, se va.

Pero ese viaje, no se fue de mi. Sigue ahí, presente, latiendo.
Pidiendo incluso que vuelva a cruzar provincias como pasajera de uno. Imposible resistirse a tan magnífico plan.
Podríamos concluir entonces, que si vuelvo al tren de larga distancia, habrá otra historia que contar.


















