No siempre el premio está en la cima | Mi primera nevada en Merlo

Sábado 09 de mayo del 2026. Una mañana fría en el despertar del monte.
El calor concentrado de la cantidad de frazadas, anuncia que afuera no está para chomba. El sol se asoma entre las ventanas, falta un rato para que empiece a calentar.

Un desayuno en el sillón, entre mantas y fuego de salamandra. Hasta el momento, un sábado frío como cualquier otro.
Pero una llamada de mi suegra despertó la curiosidad: había anunciado que en Villa Larca había nevado, ¿era realmente así?, ¿o había nevado en la cima del cerro, en el filo o en el Champaquí, como siempre sucede? Con un descreimiento total, recordé entre risas que el día anterior nos habíamos burlado del servicio meteorológico del teléfono de una amiga, porque le predijo — altas probabilidades de nieve en Merlo —. Imposible dijimos, el pronóstico está muy emocionado, son los primeros fríos.

Hasta que salimos a la vereda.

Y ahí estaba ella, con su manto blanco cubriendo las sierras comechingonas. Una postal que no había visto hasta entonces en mi nuevo hogar:

las sierras teñidas de blanco, como si desde el cielo
hubiesen espolvoreado azúcar sobre ellas.

La emoción era muy grande. No solo por el hecho de ser oriunda de una provincia en la que solo nievan los nueve de julio de 2007. Sino por la maravillosa práctica que profetizo de poder entusiasmarme ante cualquier espectáculo de la naturaleza, porque siempre es motivo para admirar, agradecer y atesorar, como si los ojos que observan fueran los de un niño que descubre el mundo por primera vez.


Preparé las baterías de la cámara, agua para el mate, mucho abrigo y salimos. El viaje desde la puerta de casa hasta la montaña, fue único. No podía parar de mirar por la ventana – lo que generalmente me sucede – pero esta vez el magnetismo era imposible de ignorar.

Llegamos al inicio del camino del filo: empezó el ascenso. Teníamos el dato de que se podía llegar hasta cierto punto porque arriba de todo estaba el asfalto congelado. Íbamos con cautela sin saber bien hasta dónde podíamos llegar.


Subimos hasta que fijamos un punto de llegada: el mirador . Pero no llegamos, tuvimos que frenar antes gracias a la amabilidad de una familia que nos advirtió que más arriba estaba congelada la ruta y se estaba embotellando el camino, dificultando la maniobra para dar vuelta el auto. Y ahí nos quedamos, había lugar para estacionar el auto y la vista era realmente impagable, a pesar de no haber llegado a la cima, y es que…

no siempre el premio está en la cima,
muchas veces te encuentra en el camino.

No hay imagen ni video que dignifique tal maravilla de la creación. Pero como artista empedernida de la sensibilidad y la naturaleza, hice el intento. Desde ese punto se observaba todo, era una vista panorámica al detalle: por un lado, la textura de las rugosidades de la montaña expuestas entre la nieve, sombras y luces: y por otro veía los autos pasar entre curvas, por un lado y por el otro.



Habremos estado casi dos horas, que pasaron entre la contemplación y el registro fotográfico. Los mates calentitos salieron a la cancha y nada parecía poder ser más perfecto.

Pero la vida siempre sorprende, si te dejas sorprender.

Subimos al auto, ya listos para volver hasta que sucede lo inimaginable, tanto que lo escribo con el recuerdo en la mente y la emoción se adueña de mi garganta. Tres cóndores aparecieron volando de la nada al borde del precipicio donde estábamos parados. No podía responder. No sabía qué hacer primero: sacarme el cinturón, agarrar la cámara, el teléfono, abrir la puerta, todo mientras balbuceaba y gritaba “¡pará! ¡pará! ¡pará! ¡miráaaaa!”. El motor del auto se silenció y bajamos. Una emoción que recorrió mi cuerpo como un rayo. Pelos erizados. Corazón galopando. Tener la gracia de contemplar ese paisaje y que la vida te regale la frutilla del postre: cóndores flameando por encima tuyo.

Es que ¿cómo no sentirse vivo ante la presencia de Dios?, ¿cómo no sentir la sangre correr por tus venas ante la libertad de la vida?

Fue increíble. Diez minutos de veneración ante un paisaje y un animal que imponen respeto. Ahora sí, volvimos al auto cuando ya estaban planeando mucho más arriba.

La vuelta, otro gran momento. Soy una enamorada del atardecer. Pero el atardecer en otoño, ufff, qué deleite. La luz especialmente dorada cubriendo todo lo que se encuentra a su paso, en contraste con las sombras de las sierras. Postales que a cada minuto se modificaban al compás del sol.

Una experiencia que pareciera ser del todo normal o no tan maravillosa. No lo se. Creo que todo depende siempre del punto de vista desde donde se permite sentir.


Y desde ahí, con el corazón siempre en la mano, creé este video de cuatro minutos para resumir en imágenes lo que fue ese día.

Espero lo disfruten y puedan sentir un poco de lo que viví.

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